Por María Mercedes Armas – Psicóloga

Hablamos de trastornos de la alimentación cuando existen conductas alimentarias
inadecuadas que afectan negativamente la salud integral de las personas, por lo cual se le
considera una patología. Entre ellas tenemos: la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el
trastorno alimentario compulsivo.
En la anorexia nerviosa, que es más frecuente entre las mujeres, existe una deformación de la
autoimagen en la cual la persona se percibe con sobrepeso y encuentra deformidades en su
cuerpo, especialmente en las caderas, abdomen y piernas. Esta auto percepción errónea
negativa genera que comience a vigilar excesivamente los alimentos que consume, aumente
su actividad física y se puede inducir vómitos para eliminar la comida; todo en búsqueda del
control del peso y del cuerpo de manera obsesiva y perfeccionista.
En el caso de la bulimia nerviosa se observa una reacción impulsiva y descontrolada para la
ingesta rápida de comida e incluso continuar comiendo a pesar de estar saciado. De inmediato
se experimenta culpa, vergüenza, tristeza y una baja autoestima por la forma ansiosa de comer
e intenta compensarlo aumentando la actividad física o induciendo el vómito.
El trastorno alimentario compulsivo se refiere a la ingesta excesiva y frecuente de comida en
grandes cantidades de una vez (atracón) el cual, por lo general, se caracteriza de un estilo de
vida sedentario y centrado en la comida. Son riesgosas debido al impacto en el deterioro
nutricional del cuerpo o en el consumo excesivo con patrones inadecuados de alimentación
que pueden generar daños en diversos órganos y sistemas, causando enfermedades y
complicaciones que pueden ser graves e irreversibles. Con frecuencia comienzan a
manifestarse en la adolescencia e inicio de la adultez, aunque no exclusivamente. Estos
trastornos tienen un elemento psico emocional importante que se manifiesta como ansiedad
y depresión.
Las personas que padecen este tipo de trastornos tienden a enfocarse excesivamente en la
figura y peso corporal, así como en la comida; aunque les cuesta aceptar y reconocer que
tienen ese problema y requieren atención profesional. Lamentablemente, muchas personas
que sufren trastornos de la alimentación pueden creer que no necesitan tratamiento. Es
frecuente observar que estos trastornos están normalizados y son percibidos como un estilo
de vida; en especial el trastorno alimentario compulsivo, que se caracteriza por los
«atracones» frecuentes de comida y está asociado a un estilo de vida sedentario.
Sin embargo, muchas veces la familia o amigos, observan las conductas patológicas, así como
sus resultados en el aspecto y la salud de la persona. Hay que prestar atención a algunas
señales de alerta en los patrones de alimentación, como por ejemplo:
Comer a escondidas y fuera de las horas apropiadas.
Someterse a dietas demasiado estrictas.
Tener como tema central de conversación el control del peso.
Comer cantidades mucho más grandes de lo considerado normal.
Mostrar constante preocupación por estar gordo o delgado, compararse en negativo.
Mirarse al espejo buscando defectos por delgadez o gordura.
Tener dificultades para conseguir ropa o no sentirse cómodo con la ropa, sentir que
nada le queda bien.
Omitir comidas o poner excusas para no comer.
Centrarse obsesivamente en la alimentación saludable.
Prepararse aparte los alimentos, en lugar de comer lo que la familia come.
Aislarse socialmente.
Comer frecuentemente grandes cantidades de dulces o de alimentos con alto
contenido de grasas.
Tomar suplementos dietéticos, laxantes o productos herbarios para bajar de peso.
Ejercitarse en exceso.
Ir al baño durante las comidas con frecuencia.
Tener callosidades en los nudillos por provocarse los vómitos.
Tener problemas de pérdida del esmalte dental, un posible signo de vómitos
reiterados.
Expresar depresión, enojo, vergüenza o culpa respecto de los hábitos de alimentación.
Causas de los trastornos asociados a la alimentación.
No hay una definición precisa de las causas de los trastornos de alimentación; entre las
múltiples causas estarían: el factor genético por una probable tendencia a padecerlos; el factor
biológico, por cambios a nivel de sustancias químicas del cerebro o factores hormonales que
pudieran influir. Por otra parte están los factores psico emocionales que se encuentran de
manera frecuente en las personas que los padecen, tales como autoestima baja,
perfeccionismo, comportamientos impulsivos y relaciones conflictivas.
Aunque las personas de cualquier sexo y edad pueden comenzar a manifestar este tipo de
trastornos, se ha encontrado de una edad de inicio en la adolescencia hasta alrededor de los
20 años, siendo más frecuente en el sexo femenino padecer de anorexia o bulimia.
Entre los factores de riesgo está el pasar hambre o hacer dietas demasiado estrictas: el
hambre afecta el cerebro e influye en los cambios del estado de ánimo, la rigidez en el
pensamiento, la ansiedad y la reducción del apetito. El hambre y el adelgazamiento pueden
cambiar el funcionamiento del cerebro en personas vulnerables, lo cual puede perpetuar las
conductas alimentarias restrictivas y dificultar el regreso a los hábitos alimentarios normales.
Otros factores de riesgo son los antecedentes familiares de este tipo de trastornos; los niveles
elevados de estrés; tener otros trastornos de salud mental, como ansiedad, depresión o algún
trastorno obsesivo compulsivo.
Los trastornos de la alimentación pueden causar diversas complicaciones, algunas de las
cuales son potencialmente mortales. Cuanto más grave sea o más dure el trastorno de la
alimentación, más probable es que presentes complicaciones graves en la salud tanto física
como psico-emocional.
Es vital prevenir los trastornos de la alimentación debido a que pueden causar complicaciones
graves e irreversibles en nuestra salud física y mental; entre ellas: depresión, pensamientos o
conductas suicidas, problemas con el crecimiento y desarrollo, problemas en las relaciones
interpersonales, consumo de sustancias, problemas laborales o escolares, muerte.
La prevención de los trastornos alimenticios se basa en fomentar una buena salud mental,
emocional y en la implantación de patrones saludables de las conductas alimentarias; pero
es difícil intentar implantar buenos hábitos en nuestros hijos si nosotros no los tenemos, por
lo cual, para comenzar, es necesario revisar los hábitos que tenemos asociados a la comida y
a la alimentación, así como los mitos y creencias acerca de la comida y el proceso de comer.
En este sentido recomiendo:
Comenzar por conocernos, revisar nuestros patrones de alimentación y nuestra
condición de salud, reconocer lo que tenemos que cambiar.
Buscar información que nos ayude a tomar decisiones acertadas para una
alimentación saludable.
Cultivar en nosotros y en nuestros hijos una autoimagen saludable más allá de los
estereotipos.
Dialogar con nuestros hijos acerca de las tendencias a establecer los trastornos de
alimentación como estilos de vida aceptable, deseable y asociarlos a patrones de
belleza o moda.
Evitar recurrir a la comida para gestionar inadecuadamente la ansiedad, busca apoyo
profesional.
En la crianza, el tema de la comida no debe convertirse en un conflicto, ya que esto
podría ser la causa de trastornos de alimentación a futuro.
Recordemos que las emociones están muy vinculadas a todo lo referente a la
alimentación, desde la lactancia inclusive.
Buscar apoyo profesional a nivel nutricional y psicológico,
Podríamos decir que todo se basa en el equilibrio y en decisiones que debemos tomar de
manera consciente con nuestros procesos de alimentación y cómo modelamos estos procesos
en nuestros hijos; así como la búsqueda de solución de nuestros elementos emocionales sin
canalizarlos a través de la comida por exceso o por carencia. Toda esta reflexión e información
nos ayudará a darnos cuenta de algún indicador o alerta que nos permita solucionar
tempranamente los trastornos de alimentación en nuestros hijos.
