julio 14, 2026
Sumérgete en el misterio de 'La Escalera' por Damaris Gassón, una historia que desafía las normas de tiempo y edad, invitándote a un viaje de descubrimiento y transformación

Por Damaris Gassón

Publicado la Antología N° 32 de la Revista Penumbria, México, Febrero- 2016.

Por cuarta o quinta vez, Josefina contemplaba las escaleras de piedra allende a su casa. El muro derecho de la escalera, maltratado por los elementos, el muro izquierdo mejor conservado, y al final de los doce escalones (contados infinidad de veces) una lamparilla de hierro forjado y una ventana a la izquierda del mismo material. Ni la ventana se abría ni el farol se encendía, y Josefina ya se había tomado el trabajo de vigilar las escaleras una que otra noche, por la sencilla razón de que nunca veía subir a nadie por ellas.

Antes de que se diera cuenta de este hecho, jugaba con sus amiguitas en el parque y a una de ellas se le ocurrió sugerir que jugaran al escondite, esa niña se tapó los ojos y empezó a contar hasta 20, tal y como lo establecen las reglas del juego, y Josefina pensó que sería una excelente idea subir corriendo los doce escalones y esconderse arriba, pero una extraña repulsión se lo impidió y corrió hacia el árbol más cercano. Picada por la curiosidad observó a sus otras compañeras de juego, pero ninguna subió por las escaleras, como si no existieran siquiera y si se acercaban, enseguida desviaban el rumbo hacia otra parte.

A partir de ese día, Josefina montó un puesto de vigilancia frente a las escaleras (sus escaleras pues en su mente ya las consideraba suyas) y observó que efectivamente nadie subía por ellas, ni siquiera un perro callejero, y la gente sencillamente parecía ignorar que estuvieran allí, pues ni una mirada de extrañeza o reconocimiento se develaba en sus ojos; nada, como si no existieran. Hasta que un día vio a una viejita subir por ellas, de la sorpresa se paró del banco del parque y sin acercarse observó el paso cansino de la viejita y su trabajoso ascenso, uno… dos… tres… hasta que alcanzó el duodécimo escalón y dobló a la izquierda. Maravillada por este descubrimiento, Josefina intentó correr en pos de la viejita, pero una extraña clase de temor se instaló en ella, más que temor, precaución, así que decidió redoblar su vigilancia.

Como estaban en período vacacional y la madre de Josefina trabajaba dos turnos, pudo pasarse casi todo el día en el parque vigilando. Las apariciones de la viejita eran esporádicas, pero lo más curioso era que la viejita nunca bajaba las escaleras, sólo subía. Y siempre acarreaba una cesta tapada con un mantón negro, al igual que su ropa y su mantilla, pero la gente tampoco parecía darse cuenta de la existencia de la viejita.

De súbito, empezó la gripe española a azolar el pueblo de Josefina. Llantos y cruces blancas de cal señalaban las puertas y ventanas en donde había penetrado la terrible enfermedad. Y por miedo, su madre le prohibió salir de casa mientras ella estuviera trabajando, le hizo prometer sobre una biblia que le obedecería y le dijo que no soportaría perder a su dulce niña por esa enfermedad. El primer día Josefina obedeció, pero para el segundo día ya no soportaba la curiosidad y salió a la calle. A dos cuadras de su casa había una puerta con una cruz blanca dibujada y de ella vio salir a la viejita, se escondió detrás de un muro y observó cómo la viejita aceleraba el paso para llegar a las escaleras y ascender por ellas.

Esperó un buen rato para verla bajar por las escaleras, pero la viejita ya venía bajando de otra cuadra casi jadeando, para siempre subir por las escaleras. Josefina realizó otro intento de subir, contó los escalones, sintió la llamada de esos muros de piedra, pero parecía que una malla invisible le impidiera dar un solo paso. No había forma, sólo la viejita podía subir y nunca bajar por las dichosas escaleras.

El cura del pueblo culpó a los vecinos de haber atraído a la enfermedad por sus pecados y convocó a una procesión del santo sepulcro. La mamá de Josefina la  obligó a ir y en verdad era espeluznante escuchar la tos entre las letanías y el asfixiante humo de las velas. Pero la idea del cura lejos de apaliar los estragos de la enfermedad, le dio nuevos bríos. Al día siguiente eran más las casas con cruces blancas y más las carretas tapadas con sabanas que Josefina veía desde la ventana de su casa- La mamá no estaba trabajando y no cesaba de tocar la frente de Josefina y la de ella misma en busca de la fiebre predecesora de los terribles síntomas de la epidemia.

Mientras su mamá se recostó para descansar de la constante ansiedad, Josefina aprovechó de saltar por el murito de atrás de su casa para ver si tenía la suerte de volver a ver a la viejita, pues pese a todo, su curiosidad no había cedido ni un ápice. Aunque no se hacía muchas esperanzas, pues la mayor parte de los ancianos de su pueblo o habían fallecido ya o estaban infectados. Pero la vio, de nuevo saliendo de una de las casas de las cruces blancas y dirigiéndose inexorablemente hacia las escaleras. En ese momento no recordó haber visto a la viejita en la procesión y le extrañó, pues reconoció a todos los vecinos sanos que aún quedaban en el pueblo, pero siendo una viejita, Josefina asumió que automáticamente debería haber sido mínimo beata o una fervorosa creyente de la religión católica, ¿podría ser una hereje?

Y finalmente, Josefina se paró al pie de la escalera dispuesta a seguirla. La viejita volteó y le hizo señas con la mano para que subiera. Josefina comenzó el ascenso, uno… dos… tres y a medida que subía sentía que su cuerpo crecía aceleradamente, cada vez mayor. Para cuando llegó al duodécimo escalón, Josefina ya era una anciana vestida con un ropaje negro y una cesta. Observó sus manos, arrugadas y nudosas como ramas de un árbol añejo y escuchó a la viejita decir: – Ahora es tu turno al fin, puedes subir, mas no bajar las escaleras-.

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