julio 14, 2026
Descubre cómo afrontar la procrastinación y convertirla en una aliada para lograr tus metas. Conoce las emociones que la impulsan y estrategias efectivas para vencerla.

Por María Mercedes Armas (Psicóloga)

Si tiendes a posponer de manera frecuente, a tal punto que te preocupa y te ha afectado en algunas áreas de tu vida, te invito a revisar esta publicación, enfocándote en tus emociones y observando las coincidencias o si te identificas con lo planteado. Revisando artículos e investigaciones acerca del tema de la procrastinación, pude apreciar, que todos establecen tipos, causas y una interminable lista de posibles soluciones. Mi intención al comenzar a hablar de este tema, por el cual he sido consultada con frecuencia, no es caer en lo mismo, porque realmente me parece absurdo pasarle a alguien, que maneja este problema en su cotidianidad, una lista de lo que debería hacer para resolverlo. Eso también lo pospondrá.

El asunto es que las personas que tienden a posponer, manejan un nivel de ansiedad y sufrimiento a diario, que se va estableciendo como un círculo vicioso o un patrón que se retroalimenta negativamente. Considero que las personas que posponen sus actividades de manera habitual, irracional e impulsiva, se encuentran librando una lucha con ellas mismas. Una lucha entre elementos pasados y presentes, elementos racionales y emocionales, entre lo que deseo y, a la vez, no deseo hacer. Como en todo proceso humano, por su complejidad, las recetas no funcionan. Ojalá fuera tan fácil, porque las recetas también pasarán a formar parte de lo que se pospone.

Por otra parte, recordemos, o entendamos, que cualquier comportamiento, por negativo que sea o por muchas consecuencias negativas que tenga, siempre tiene una «ganancia«. Pienso que soltar ese nudo que nos lleva a posponer, a pesar de las consecuencias negativas y del sufrimiento que nos genera, pasa por un proceso de autoconocimiento, de revisión de las experiencias pasadas y las emociones asociadas que son las conforman el nudo como tal. Implica una revisión de la toma de decisiones, del por qué o para qué de lo que decimos querer hacer. Es sincerarnos con nosotros mismos.

Ya hay bastante penalización social sobre este comportamiento y eso tampoco es que ayude mucho a superarlo, sino que más bien genera sentimientos de culpa. El trabajo psicológico sobre sí mismo, con el apoyo profesional adecuado, es lo que va a permitirle avanzar en la resolución de este conflicto interno que se refleja y afecta directamente las acciones y decisiones de la persona.

La procrastinación no se ha estudiado lo suficiente como para plantear una teoría integral al respecto; pero con base a la revisión de algunas investigaciones y artículos, extraje algunos elementos interesantes, en los cuales coinciden los investigadores, que nos permiten comenzar a entender la procrastinación y ofrecer algunas vías de resolución.

  • La tendencia crónica a posponer parece tener relación con la dificultad de afrontar de manera efectiva  los sentimientos negativos, por lo cual se decide buscar un alivio a corto plazo.
  • Es más probable que las personas pospongan las tareas que perciben como aversivas o desagradables en sí mismas o que están asociadas a algo negativo o limitativo, por lo cual se busca un escape o descanso.
  • Según diversos estudios acerca de las regiones del cerebro involucradas; la procrastinación parece ser resultado de una falla en la regulación de las emociones, acompañada de una mayor conciencia de las emociones negativas.

En todo caso, va quedando en claro el rol central de las emociones como generadoras y también como consecuencia de la procrastinación; de allí que el abordaje terapéutico deberá ir dirigido al trabajo emocional como uno de los elementos fundamentales.

Entre las emociones vinculadas con más frecuencia encontramos:

  • Ansiedad por la falta de autocontrol en su vida.
  • Miedos de diversa índole como: miedo al fracaso, miedo a perderse de otras actividades y quedar aislado, miedo a no llenar las expectativas de los demás, a ser juzgado  y a ser desaprobado socialmente; miedo al éxito porque elevará el nivel de expectativas tanto propias como de los demás, miedo a mostrarse, a destacarse, y a las implicaciones de su éxito.
  • Vergüenza asociada al temor a fracasar, a tener una exposición pública deficiente.
  • Culpa por no cumplir las responsabilidades, por defraudar a los demás. Arrepentimiento por no haber aprovechado el tiempo o las oportunidades.
  • Aburrimiento, por hacer tareas que ya no se desea hacer y por repetir constantemente el círculo vicioso.
  • Frustración por no lograr lo planeado.
  • Ira, generada por  la misma frustración, pero volcada hacia los demás. Venganza. Utilizando el postergar los compromisos como una forma de venganza hacia los demás, el equipo de trabajo o las figuras de autoridad o «demostrar» el poder que tiene al retrasar un trabajo.

Revisando las diversas recomendaciones y estrategias para superar la tendencia crónica a posponer, hago por aquí un pequeño recuento:

  • Las que plantean avanzar aunque sea un paso.
  • Las que recomiendan establecer  rutinas y hábitos.
  • Las que se enfocan en la toma de decisiones.
  • Las que le dan énfasis a la gestión del tiempo.
  • Las que le dan énfasis a la gestión de las emociones.
  • Las que se enfocan en el uso de la energía a lo largo del día.
  • Las que proponen dividir el trabajo en pequeñas tareas.

No hay una receta única. Pienso que cada persona puede diseñar, preferiblemente con apoyo profesional, una dinámica que abarque algunos de estos aspectos, e ir probando que le resulta mejor en su situación particular. Mi enfoque va centrado en las emociones y, desde allí, ir movilizando las acciones e incorporar las estrategias más efectivas.

Recomiendo utilizar prácticas alternas como la relajación, la visualización, la meditación, la actividad física o recreativa que sea de su agrado, para fortalecer el aspecto energético positivamente y reducir los niveles de ansiedad.  Aunque a veces las personas piensan ¿Cómo voy a relajarme con tantas tareas pendientes? Sin embargo los resultados son positivos. Otra de las ventajas de este tipo de actividades es que nos ayuda a centrarnos en el momento presente. 

En esa lucha interna de querer hacer algo y a la vez no, participan dos elementos de nuestro cerebro: el sistema ejecutivo que nos impulsa a realizar la tarea hasta concluirla y el sistema límbico que activa el circuito del placer y nos impulsa a buscar el escape hacia el placer a corto plazo; aunque luego aparecen las facturas del malestar por no haber cumplido el objetivo.

El autocontrol entra en el juego con un papel fundamental, ya que nos permite posponer el placer inmediato para continuar con las tareas hasta concluirlas y podemos entrenarnos para para ello, reaccionando de manera diferente ante las tareas por asumir.

Es importante el aspecto reflexivo a nivel interno, como dije, sincerarnos con lo que queremos y, si realmente lo queremos, sembrar en nosotros el placer de lograr concluir, de obtener «pequeñas victorias» en el camino de avance que vamos diseñando para hacer que funcione.

Lo que me funciona a mí no es igual a lo que te funciona a ti, porque para cada persona tiene un significado diferente. Tiene que ver con ir cambiando las equivalencias de lo que hacemos. Hacer una tarea puede resultar o fastidio o un reto; puede significar un pesado deber o un camino placentero, en el cual puedo ir anticipando la sensación de logro y éxito. Si lo vivimos como un deber, estamos enfocados hacia afuera.

La motivación tiene que ser interna para que funcione. Aunque el trabajo que realice sea para «otro», va a depender de cómo me vinculo con ello.

  • ¿Qué es lo que más disfruto de ésta tarea?
  • ¿Cómo me voy a sentir cuando lo termine?
  • ¿Me celebro a mí mismo?

Se trata de experimentar, probar y evaluar resultados. Inventa tu estrategia, combina, prueba y haz que funcione para ti, porque solo tú puedes lograrlo.

CIACEM
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